Zahara, un viaje a su mundo más melodramático


La gira de teatros de Zahara arrancaba el día 4 de este año bisiesto en Donosti y sólo cuenta con 7 fechas, hasta mediados de febrero. Aunque ciudades que se esperarían indispensables, como Madrid, no tendrán la suerte de disfrutarla, a Sevilla sí le tocó el boleto. Este sábado 11 Zahara aparcó la nave espacial para hacer otro tipo de viaje en el Cartuja Center Cite. Uno más íntimo, más desgarrador y menos usual. En su página definen el repertorio como “canciones de mayor carga emocional, esas que no tienen cabida en salas y festivales”; ¿quién se perdería una cita así?

Son las 21 y algo. Se van sumando el número de aplausos en el teatro y busco con la mirada el foco de atención. Se encuentra de pie, a mitad de platea en el lateral izquierdo, con la guitarra. La luz es demasiado tenue, apenas está alumbrada, pero el brillo rezuma de su atuendo: vestido con volantes lisos, brillante y rosado que conjuntaba con unas plataformas plateadas. Empieza cantando ahí “La Gracia” y baja hasta el escenario. Más de 2000 personas estaban ya enganchadas a todo lo que la jienense nos tenía preparado. El uso de reverbs y sintetizadores nos sorprendió en las primeras canciones (“Frágiles”, “El Fango”), con notas alargadas que retumbaban por todo el teatro con su voz. Y antes de parar en los agradecimientos, nos dedicó unos bailes un tanto aflamencados en “El caso de emergencia”. Zahara confesaba su deseo de hacérnoslo pasar mal, con su característico tono humorístico, y nos consolaba con que al menos lo pasaríamos mal todos juntos.

Las luces pasaban de cálidas a frías, de frías a escasas. Por momentos se creaba una atmósfera de intimidad que se magnificaba y llenaba las butacas de sensaciones, a veces conmovedoras como “Pregúntale al polvo”, con las manos en el pecho, en otras más dolorosas, como en los agudos de “Olor a mandarinas”. El repertorio no era sólo una amalgama de canciones íntimas y poco transitadas; la cantante sacaba también sus garras en “Rey de reyes”, liberándose de cualquier atadura, “Inmaculada decepción” o el final convulsionado de ”El diluvio universal”. Zahara es guerra y paz —ya brutal e irreemplazable— es un aeropuerto, acompañada del autor Martí Perarnau (Mucho) y es la anfitriona de la bestia que no queremos que cene en casa (Pablo Casado o Ciudadanos), en una versión acústica que sigue teniendo el mismo tirón y fuerza. Todo ello conforma los momentos clave de la noche, entre los que tampoco podemos dejar atrás su abrazo con Miguel Rivera (Maya) tras un “Big bang” que nos implosionaba por dentro o la canción más esperada y ovacionada, “Con las ganas”, con su voz y guitarra como únicos protagonistas del torbellino de emociones que se agolpan en la garganta. La carga emocional se retroalimentaba: si nosotros estábamos abrumados, ella también. Nos reconocía que estaba en shock, echaba la mirada atrás y veía cómo ha ido estrechando lazos con la ciudad, agradeciendo por ello también al creador de esta agenda musical, Carlos del Pazo, a quien conoció en los tiempos de MySpace. Las redes también sirven para forjar las amistades más especiales.

A veces era solo ella y un foco, otras eran ella y su tremenda banda que acompañaba y se recreaba. El concierto llegaba a su fin tras dos horas intensas y las últimas cuatro canciones eran escogidas de cada uno de sus álbumes, desde el más reciente hasta el más veterano, acabando con una de sus predilectas: “Photofinish”, cuyas reverbs punzaban con cada “solo quiero pensar en mí”. Con efectos o sin ellos, es su voz siempre la que nos envuelve y atrapa en su mundo interior, intrusivo en los nuestros propios. Salimos un poco más desahogados, casi aliviados, tras el diluvio de emociones universales. Toca recomponerse.

crónica Sara Ramírez

fotos Marina Ruiz

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